Me gustaría ser un trozo de papel…

Un papel en blanco que cobrase vida con las ideas que en él se plasmaran. Porque ahora mismo soy un libro lleno de historias… historias de todos, menos de mi persona.

¿Cómo he llegado a ser un libro de historias ajenas? Ni yo misma supe que lo era. Hasta hace poco creía que en ese libro se escribía mi propia historia. Pero, al final, me di cuenta de que sólo era el personaje secundario que trabajaba incansable para que los protagonistas vivieran sus vidas.

Yo amo a esos protagonistas. Forman parte de mi vida, de mí. Me sentiría sola e inútil sin ellos. Me hace falta su calor, su cariño, su apoyo. Son mi fuerza. Y yo soy la suya. No puedo ser débil. No puedo hacer que me echen en falta. Así que podré con todo con tal de que aquellos que amo estén bien.

Me equivocaba.

Nadie puede ser la fuerza de otro, creía que era fuerte… pero no era así. Era el oasis de todos a los que amo, pero bebieron tanto de mis aguas y comieron tanto los frutos de mis árboles, que acabé desapareciendo… sólo que no supe que había dejado de existir.

El ocuparme de mil cosas a la vez, planificar todo en mi trabajo y en mi vida, no dejar nada a la improvisación por si pudiera haber problemas, teniendo siempre un plan B, me hacía sentir bien. Sentía que dirigía mi vida. No supe que la dirigida era yo. El «reloj» se convirtió en mi carcelero, «el control» en mi juez y «la planificación» en mi condena.

Un día no desperté. Tenía los ojos abiertos… pero mi mente no estaba allí. Fue el mayor susto en la vida de todos los que me quieren. Pero yo… no sentía nada. No recordaba si había dicho o hecho algo inapropiado. Era como si mi conciencia, la que me hacía ser yo, hubiera desaparecido. Durante un breve período de tiempo, dejé de existir.

Y a mi cuerpo le gustó esa sensación, porque me hizo lo mismo otra vez.

Empecé a sentir miedo… no por mí, sino por mi familia, por la que tantos sacrificios he hecho. Ellos no podrían con una yo débil. Me necesitaban fuerte.

Así que me cegué a lo que me estaba pasando, para no preocuparles y no ser un estorbo, y volví a mi rutina. Ellos me animaban a que volviese a mi vida de siempre. Algunas personas me decían que me haría bien…

Ahora sé que también ellos estaban ciegos. Me habían puesto en un pedestal de héroe y se resistían a ver que ese pedestal era de hielo y se estaba derritiendo, aunque las señales estuvieran ante los ojos de todos.


Regresé al trabajo, a la espera de un diagnóstico. No quería prolongar más la baja. Necesitaba sentirme activa y un salario no menguante.

A la semana, una ambulancia me llevó de mi trabajo a urgencias y allí pasé a un psiquiátrico.

Me volvieron a poner medicación. La misma que dejé voluntariamente hace algún tiempo, cuando al volver a mi rutina creía que estaba otra vez a pleno rendimiento. Ahora comprendo que me precipité.

Estuve dos meses en aquel lugar, de los cuales sólo tuve conciencia de manera intermitente. Hasta que, en el último mes, volví a despertar.

Y no era yo.

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No podía volver a mi antiguo ser, ni volver a ser uno nuevo. Sencillamente, estaba drenada de vida y espíritu.

Esta «yo» desconcertaba y preocupaba a mi familia y amigos. Ya no se trataba de medicación. Se trataba de mi propia alma.

Me llevaron a varios psicólogos y ninguno supo llegar hasta mí. Tengo que reconocer que también ponía bastantes muros. El psiquiátrico me había hecho detestar a los médicos y la medicación, aunque gracias a ella volví a recuperar a los míos.

Mi familia no tiró la toalla conmigo, y me di cuenta de que mis amigos siempre estaban ahí… aunque a veces me volviera insoportable.

Y un día mi hija me leyó un libro. No era una gran obra literaria, pero había algo en él que llamaba la atención. Te podía gustar o detestar, pero no te dejaba indiferente. Lo que era inusual en ese libro es que la autora hablaba con toda su alma, de manera desnuda, sincera… Con un gran valor, puesto que exponer el alma a las críticas así lo requiere.

Y me abrió los ojos. Puesto que me vi reflejada en ella.

Hice mi penúltimo intento y fui al psicólogo que me recomendó mi padre.


«¿Este hombre es un psicólogo?» Pensé la primera vez que lo vi. Era, para explicarlo gráficamente y de modo rápido, una mezcla física entre «Che Guevara» y «Patch Adams», pero con más canas y avanzada edad.

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Me hizo hablar toda la sesión, sin decir nada. Sólo regaba las plantas.

Aunque me gusta hablar, ese silencio sin respuesta me incomodaba.

Cuando terminé mi última frase me quedé esperando a ver si decía algo…

Después de cinco largos minutos, me entregó una flor y me dijo que me esperaba en la próxima sesión.

«¡Esto es un timo!» Es lo que pensé al salir del ascensor de su edificio. Pero no sé por qué, quizás porque al menos escuchaba, volví al día siguiente y ese día empecé a contar cosas que ni siquiera había contado a mi familia y amigos. Ahora entiendo la sensación de aquellos que se confiesan en Israel en el «Muro de las Lamentaciones». Puesto que este hombre, salvo por sus miradas y sonrisas, parecía tal muro.

Cuando terminé de hablar me dijo un «hasta mañana» y en vez de una flor… me vi con la sorpresa de regresar a casa con una maceta.

Ahora ya no pensaba que era un timo, sino que ese hombre, aparte de buen jardinero, no estaba bien de la cabeza.

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