Estuve un año yendo a sus sesiones hasta que, gracias a mi familia, que asumieron roles que no sabía que pudiesen acometer, buscaron soluciones para que yo pudiera delegar y soltar las riendas de mi vida. Lo mismo pasó en mi trabajo. En este último caso, tengo que decir que mis jefes fueron los suficientemente humanos como para comprender mi situación y no ser los típicos jefes exigentes privados de emociones.


Llegó el día de mi última sesión y me atreví a preguntar algo que me tuvo intrigada desde el primer día que conocí a mi extraño psicólogo:

—¿Por qué el primer día que nos conocimos me regalaste una flor y, al segundo, una maceta con flores?

—¿Identificaste la flor que te regalé?

—No. Mi niña la secó, la metió en un libro y allí se quedó.

—Era una flor de almendro. ¿Sabes qué significa?

—El que tiene la consulta que parece una selva tropical eres tú, no yo. Así que… Dímelo.

—La flor de almendro significa «despertar». Te encontraste durante mucho tiempo en un estado que nada te movía. Parecías reaccionar, pero era la mecánica de tu vida la que te hacía moverte… no tú. Pero algo te hizo cambiar y salir de ese estado, «despertaste» a la vida y te dejaste ayudar. Por eso viniste a mi consulta, y te reconocí con esa flor el mérito que tuviste en dar ese primer paso.

Una mano sujetando las flores de almendro que le dieron a la protagonista de La Esencia de Iris de Ana Daitán.
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—¿Y esas flores moradas de la maceta que me diste? Por cierto, todavía las conservo. Me encantan.

—Son flores de Iris.

—¿Se llaman igual que yo?

—Sí. Quizás no sabes la historia de a quien le debes el nombre. Iris era la hija de Hera. Estaba en constante movimiento, y no paraba ni un segundo, era una especie de «mensajera» de los dioses. A pesar de su constante ajetreo, tenía tiempo para ella misma y para crear en los cielos lo que se conoce como el «arco iris», además de unir el cielo con la tierra. Gracias a ella el hombre puede pensar por sí mismo y razonar. La Filosofía y la Dialéctica son sus hijas.

»Desde la antigüedad, los griegos utilizaban la esencia de esa flor como remedio para revitalizar y restaurar la vida interior y del alma y conseguir la armonía con la naturaleza, ayudando a construir un puente entre el espíritu y la materia.

—Me gusta su color.

—No es casualidad que te las haya dado moradas. El morado tiene un efecto tranquilizador, te ayuda a equilibrar y a tornar en positivo lo nocivo que te envuelve. No soy el único terapeuta que usa flores de ese color en pacientes, pero sí el primero en elegir los iris.

—Porque se llamaban como yo…

—No. Por su esencia.

—¿Su esencia?

—Tú reúnes las características de la esencia de la flor de Iris:

»Es una de las pocas flores capaces de crecer en un desierto, por ello es símbolo de valor. Tú, al igual que ella, no te dejaste vencer por las dificultades de la vida ni por la enfermedad. Decidiste reaccionar y luchar.

»Es un símbolo de vida, fe y sabiduría. Tú eres una fuerza de la naturaleza, imparable, desprendes vida por los cuatro costados. Por más dura que sea la encrucijada, nunca pierdes la fe. Y, a pesar de comportarte como un mono necio algunas veces, posees un saber emocional e intelectual difícil de encontrar hoy en día.

»Sólo que tu desinteresado amor por los demás hace que apartes de tu mente que también tienes que tener amor por ti misma, cuidando de ti, más que de otros. Tu liberación es algo que está a medio camino de conseguirse, pero tienes que aprender bastantes cosas todavía.


La protagonista de la novela de Ana Daitán oliendo contenta flores de Iris.
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—No creo ser merecedora de tanto halago, ni creo que tenga tanto de lo que ves en «mi esencia».
—Tienes que aprender también que eres digna de halagos, de agradecimientos y de dedicación. Y desde luego, mi ex monita necia, te costará todavía horrores ver todas tus virtudes. Y una de ellas es que tú, al igual que el aroma de esa flor, ejerces una influencia positiva sobre el comportamiento de quienes te rodean. Sólo tienes que ser más egoísta para no perderte en los otros ni en «responsabilidades» autoimpuestas.
—No sé qué decirte… Ni cómo darte las gracias por este año. Soportaste lo peor de mí y no creo que haya paciencia suficiente para aguantar ciertas cosas…
—Los iris son las flores de la esperanza. Ahora tienes la esperanza de mejorar, de ser tu mejor versión. Vuelve a tener ilusión por ti, ese será mi mejor regalo.
Después de esto último, lo abracé con fuerza. A pesar de haberse jubilado hace cinco meses y no trabajar para ninguna compañía, me siguió atendiendo completamente gratis y desinteresadamente. Según él: «quería ver cómo florecía su proyecto de flor».
No sé si soy como esa flor, o si algún día llegaré a ser como ella…, pero no volveré al pasado. No renunciaré a mí. Aprenderé a vivir, como la chica del libro que leí una vez.
Y, al igual que hizo Iris en el pasado, pondré fin a mi tormenta.

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La protagonista de la novela de Ana Daitán corriendo por el campo con un vestido vaporoso y veraniego hacia el arco iris.
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