Aprendizaje.

¿Por qué soy escritora?

Por una mosca cojonera. Más adelante sabrás el por qué.

Dejando aparte a mi mosquita, tengo que decir que mi afición por escribir se la debo a mi padre. Desde muy pequeñita me gustaban las historias que me relataba de su imaginación y también las que contaba, a su manera, de los libros que había leído. Después de leer estos últimos, tuve que reconocer que me gustaban más las versiones de mi padre. Si viviera hoy en día, sería un locutor de audiolibros muy deseado.

Él también fue mi primer editor: me dejó las pautas de cómo tenía que escribir. Así que aprendí que mejor ir al grano con el lector y dejarme de tonterías.

Como mi padre era un escritor que emocionaba con la palabra, me convertí en su fan número uno. Con mis primeros poemas y relatos él también se convirtió en el mío. Muchas veces me decía que presentase mis escritos a Lara, de la editorial Planeta. No le hice caso.

Aunque empecé a escribir desde los 7 años, por aquel entonces sólo tenía 12 y no creía estar a la altura de una escritura tan «barroca», por así decirlo, o «emperifollada» como la que estilaban los escritores de la época.

Ahora veo que me equivoqué. Si a mí me gustaba cómo escribía mi padre… ¡era lógico que yo también tendría mi público! Pero ahí estaban las inseguridades de la adolescencia…

Mi padre vivió casi todo el siglo XX: con sus locuras y sus aciertos. Nació el 22 de diciembre de 1917. Y su propia vida ya era para hacer una serie. Superviviente de tortura y tres campos de concentración, su picaresca e inteligencia le ayudaron a sobrevivir. A esto último también contribuiría su máxima de vida: «Trata a los demás como te gustaría que te trataran».

Si sé parte de la verdadera historia de mi país y del mundo fue gracias a sus vivencias.

Además de ser el primer padre soltero español con circunstancias extremas. Me tuvo con 63 años. Con una pensión que daba risa, después de haber trabajado toda su vida, y con la que tendría que hacer juegos malabares para poder sobrevivir él y su hija. Y con una discapacidad que, según los médicos, le dejaría postrado en una cama muy pronto. De hecho, se sorprendían de que siguiera caminando. Pero él tenía que cuidar solo a un renacuajo como yo y no podía permitirse el lujo de que la enfermedad le venciera.

Cuando nací le pidió a Dios: «Permíteme vivir para ver a mi niña hacer la primera comunión». Dios le escuchó y le concedió incluso tiempo de prórroga.

A los doce años me tocó cuidar de él. Para poder hacerlo por completo, cuando ya fue más mayor y su enfermedad avanzó, estudié en la Universidad Nacional de Educación a Distancia. Por las mañanas y tardes lo atendía y por las noches y madrugadas estudiaba. Tengo que apuntar que estudiar en esta universidad, y más Derecho, requiere mucho aguante ya que es más dura y difícil que una presencial.

Mi padre resistió hasta verme empezar el último curso de mi carrera de Derecho… pero no vio cómo la terminaba. Falleció aquel mismo año. Con él en mi mente, y para compensar su sacrificio, en apenas tres semanas me puse a estudiar para mis exámenes. Había estado durante mucho tiempo cuidándole en el hospital y me importaba una mierda los estudios. Sólo quería que mi padre se recuperara. En su honor, y sacando fuerza de donde no tenía, me licencié con honores. Pero, sin él a mi lado, aquel título poco me importaba.

Gracias a mi padre aprendí el verdadero significado de la palabra VOLUNTAD.

Ana Daitán con dos años vestida de flamenca y su padre al lado tocando la guitarra.
  • Facebook
  • Twitter

Por circunstancias de la vida, primero, para ayudar a la persona que forjó mi alma, y segundo, para sobrevivir, aparqué la escritura. Resulta curioso pero la palabra «sobrevivir» fue una constante durante mucho tiempo tanto en la vida de mi padre como en la mía.

Sólo fue gracias a que en el 2016 una enfermedad me hizo ver lo infravaloradas que estaban un par de piernas que tiempo después retomé el camino del escritor… con la fiel compañía de mi andador azul y una mosca cojonera que orientaba mi camino.

A principios de 2017 me habían hecho una biopsia. Rabiaba de dolor. Y fue en aquellos momentos, dado lo «particular» de mi vida (que no contaré en un post), que una amiga (la mosca cojonera) me dijo: «¿Por qué no la escribes?»

«¡Anda ya!»—respondí yo. Pero al insistir tanto en que lo hiciera… lo hice. Digamos que mi amiga es como la gotita de agua que perfora la piedra: ya tarde lo que tenga que tardar, pero se sale con la suya.

En aquellos momentos, la verdad, quería quitarme de la cabeza las palabras de la jefa de mi enfermera: «¿No has pensado que puedes quedarte en un andador para siempre?»

Así que decidí mandar a tomar por culo los incómodos pensamientos y colocar el portátil encima de mi cama articulada, con sudor y trabajito dado como estaba.

Ahora tenía que rellenar el documento de Word que se abría frente a mí. Yo… que había dejado de escribir a los 13 años y lo único que había escrito hasta la fecha eran autos y decretos judiciales. ¡A ver cómo coño lo hacía!

Ahí fue cuando comprendí que mi padre tenía razón: lo primero que uno tenía que hacer para ser un buen escritor era leer mucho.

Mi padre decía: «Si quieres ser buena escritora procura leer siempre un ensayo, un poemario y un libro de cuentos».

Si bien no había escrito durante años, sí había leído… y mucho.

Todo estaba en mi mente en aquellos momentos.

Miré de nuevo la pantalla y recordé otro dicho de mi padre: «De los cobardes nunca se ha dicho nada en esta vida».

Influida por su esencia, empecé a escribir desde mi alma.

Desahogué todo lo que tenía por dentro y experimenté en mis carnes el verdadero significado de la escritura terapéutica.

Aquella novela autobiográfica era tan íntima que permanece, aun hoy, como la única de mis historias que todavía no ha leído mi mosca cojonera.

No es fácil escribir sobre la propia vida sin tabúes. La autobiografía es lo más complicado a lo que se enfrentará un escritor. Y mi regreso al mundo de las letras fue con una.

A medida que escribía cada capítulo, mi cuerpo se fue animando y avanzaba, así que, con esfuerzo, fisio y volverme la versión cutre de Rocky Balboa…, llegué a andar con un bastón.

Y ya que me podía mover con más libertad, fui al fotógrafo para que hiciera la portada que yo ya había imaginado para mi primer libro (cuyo diseño registré).

Dato curioso: perdí el equilibrio un millón de veces y me di de bruces contra el suelo otras más hasta hacer la fotografía. Y eso que en la pierna que no se ve llevaba un sueco de los chinos para mantener más o menos el equilibro.

No podía llevar tacones: ¡¡pero todo sacrificio valía para mi portada!! Sin mencionar el calor que hacía… ¿Esto era lo que llamaban sangre, sudor y lágrimas?

Pantalla de ordenador que muestra a Ana Daitán con unos guantes de boxeo subida a su andador. Luce además medias negras sexys, enseñando pierna y liga roja de con cristales de swarovsky.
  • Facebook
  • Twitter

¡No te pierdas en el próximo post la SEGUNDA PARTE!

Si quieres suscribirte a mi boletín y conseguir interesantes regalos, HAZ CLIC AQUÍ.