¡Que se pare el mundo que yo me bajo!

Presión.


Con mucho esfuerzo, poco a poco, mi cuerpo me fue haciendo más caso… Y, casi a finales de 2019, logré andar otra vez con mi bastoncito de flores azules.

Mi mente, mientras tanto, ya iba más avanzada que mis piernas: había aprendido cómo hacer guiones además de preparar las maquetas para las ilustraciones de mi novela y el booktrailer.

En noviembre de 2019, convencí a una buena amiga periodista para que me grabara hablando sobre todo lo relacionado con «El Puente de los Cuervos». Estuve cuatro horas hablando, de ahí la carraspera. Abajo podrás ver uno de los vídeos que me hizo. ¡Disfrútalo!

En el 2020, por motivos apocalípticos y económicos, mi novela se tuvo que quedar sin las ilustraciones. Tampoco podía permitirme el gasto de contratar la realización del booktrailer. Me tocaba sobrevivir.

En un confinamiento que parecía eterno, se clausuraron durante cerca de cuatro meses las sesiones de fisioterapia a las que atendía. Además de paralizarse las citas con los especialistas y las pruebas que tenían que realizarme. Mi cuerpo, como es lógico, volvió hacia atrás como los cangrejos.

Dado que los médicos estaban muertos de miedo por el virus que «asolaba al planeta», todo se volvió telemático: hasta las renovaciones de mis bajas médicas.

La gente empezó a utilizar el nuevo burka: la mascarilla. Y no sólo eso, sino que los pensamientos de muchos se parecían cada vez más al de los fanáticos religiosos. Sólo que su nueva religión ahora era un virus, cuyo aspecto los «científicos oficiales» se imaginaban por ordenador.

Los periodistas adoraban a su nuevo Dios. Creo que tendrían colgada una foto del virus para masturbarse. Tanto es así que, posteriormente, un conocido que trabajaba en un periódico decía: «¿Cuándo se acabe la pandemia de qué vamos a escribir?»

En cuanto al virus, veía que la reacción a él variaba según las personas que conocía:

La abuela de una amiga, que sobrepasaba los 80 años, murió por una neumonía que los médicos dijeron que causó el virus. Mi amiga no pudo despedirse de su abuela. Ni yo acudir al velatorio para despedir a la persona que apreciaba ni consolar a una buena amiga. Me pidió por teléfono que no comentase a nadie que su abuela había muerto del virus. Según sus palabras, no quería que en el trabajo los compañeros la tratasen como a una apestada.

Por otro lado, mi Doña María, con sus 90 años ya pasados, tenía un sistema inmune a prueba de balas y el virus ni la tocaba. Ni aun cuando, en el 2021, se vacunó contra el COVID y cogió el virus tiempo después. Por cierto: todos los de su residencia, inmediatamente después de ser vacunados contra el virus, cogieron el COVID.

A otra amiga el virus le salió intelectual y se le colocó en el cerebro. Lo más curioso de todo es que, con el virus de compañía, terminó los exámenes de su curso universitario online con sobresalientes.

Otros amigos, los de edad madurita, pasaban el virus viendo Netflix en su casa.

Y en cuanto a mí… como yo no veía la tele «oficial» y nací con genes guasones: el virus ni se acercaba. Y eso que, desde el primer día, al estar exenta, no llevaba ni llevo mascarilla.

Recuerdo que, en uno de los canales oficiales de televisión, un periodista le preguntó a una niña pequeña: «¿Y tú por qué llevas mascarilla?» La niña le respondió: «Porque dicen que si me la quito me muero». Extraño que los millones de exentos por todo el mundo no nos hayamos muerto, ¿verdad?

Ana Daitán sonriendo con un gorro de orejitas de conejo que se suben para arriba.
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Cuando iba con mi andador por la calle, a cinco metros de distancia de cualquier ser vivo porque la plaza estaba casi desierta, un loco vino a por mí. Se parecía a un perro rottweiler. Por poco y me mordía. Me asusté.

Me acosó como un energúmeno por no llevar mascarilla. Sin preguntar mis razones e importándole un huevo. Como se acercaron más personas, tomé un descuido y me libré de él.

Aquello me hizo recordar aquel pasaje de mi vida en el que fui víctima de acoso durante años por otra persona loca. Sólo que esta última terminó presa… aunque ahora esté en libertad.

Después de aquel incidente con el «hombre rottweiler» me puse a llorar de impotencia. Y no sería la primera vez. La actitud de muchos que apreciaba cambió. Me di cuenta de que la humanidad que conocía había desaparecido… Y que yo, como siguiera toda esta locura, tendría que llevar pronto una estrella amarilla.

Encerrada en mi casa, llegó la tan «dichosa» hora: las ocho de la tarde. En esa hora en mi país teníamos (sí: teníamos) que salir al balcón y aplaudir a los sanitarios. Como yo no me asomé al balcón, a pesar de los gritos de «¡Asómate! ¡Asómate!», lanzaron una piedra contra mi ventana.

Menos mal que no tuvo la suficiente fuerza para perforar el cristal: me hubiese dado en toda la cabeza. En caso de agujero tendría que taparlo con cajas de cartón. Ya tenía algunas preparadas por si acaso…

Vivo en un primer piso sin ascensor y ya no me atrevía a pedir ayuda para bajar. No quería que el que me ayudase o tuviera contacto conmigo me viera como un «riesgo» o un posible virus. Además, otra vez volvieron los dolores: aquellos que me postraban en una cama y me impedían casi moverme.

En esa situación de confinamiento obligado por el Gobierno: los supermercados online colapsaron. Y las líneas de ayuda de la Cruz Roja y de mi Ayuntamiento también. No podía llamar para que me trajeran comida.

¡No te pierdas en el próximo post la OCTAVA PARTE!

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