El mundo ya se paró.

La escritora de la estrella amarilla.


Como dada mi enfermedad ya estaba acostumbrada a que los dolores me mantuvieran días y días confinada en mi casa, sin apenas moverme y sin poder hacer de comer, ya estaba precavida con latas de comida que usaba para esos casos.

Decidí racionar lo que tenía en casa hasta que la situación se despejase un poquito. Calculé que comiendo una o dos veces al día me llegaría sin tener que molestar a nadie. En caso de extrema necesidad, ya me pondría a llamar a quien fuera.

En la mesilla de noche, al lado de mi cama, había colocado el portátil. Me resultaba más fácil cogerlo de esa manera. Y, a pesar de la tristeza que tenía, decidí hacer una crónica de todo lo que acontecía: de todo el absurdo y sin sentido del que estaba siendo testigo.

Las últimas novelas posteriores a «El Puente de los Cuervos», para las que estaba investigando y ya tenía planeadas, las modifiqué conforme a los acontecimientos actuales. Causarían polémica, pero no me importaba. Nací como una escritora de denuncia social. Las palabras son mis espadas.

Durante aquellos meses me convertí, desde mi casa, en una especial investigadora…

En aquel tiempo de confinamiento, recuerdo que recibí un correo de Ana Nieto, la de «Triunfa con tu libro», como parte de las noticias que daba a sus suscriptores. Se trataba de cómo escribir un libro de no ficción en X días.

Le respondí al mensaje mencionándole algo de mi situación personal. Lo más increíble: me respondió. Y ambas nos animamos mutuamente. A veces hacen falta pocas palabras para acariciar un alma.

Así que escritor novel: responde siempre a aquellos de tus suscriptores que contesten a los correos de tu email marketing. Aunque tardes veinte años. Hazlos sentirse escuchados, no meros objetos comerciales.

Reflexiones de Churrasco, el perro bohemio de Ana Daitán.
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Cuando ya se levantó el confinamiento de mi país obligado por el Gobierno, fui en persona a mi médico. Me hizo un informe. En él ponía: «Ha vuelto a un andador debido al confinamiento». Así que quien diga que un confinamiento es bueno, con todos mis respetos, es tonto del culo.

Confinamiento que el Tribunal Constitucional de mi país declaró ilegal tiempo después.

¿Sabéis lo que mejor recuerdo después del confinamiento? Cuando quedé con mi amiga, la del virus en el cerebro. Ella ya había pasado la enfermedad y llevaba mascarilla. Yo le pregunté: «¿Puedo darte un abrazo?» Su respuesta fue: «¡Desde luego!»

El abrazo de dos parias. Una a la que tenían miedo de acercarse por haber pasado el virus y otra a la que no se acercaban por estar exenta de mascarilla. El primer mejor abrazo de toda mi vida. El segundo fue el de mi mosca cojonera. Y el tercero, en el fin de año de 2020: el de mi vecino.

Precisamente, a finales de 2020, mi mosca cojonera me envió un WhatsApp. En él decía que alguien había quedado en tercer lugar en un concurso literario con el relato corto «El Puente de los Cuervos». Y que pensaban publicarlo.

Un relato en el que la temática del campo de concentración de mujeres parecía muy parecida a la de parte de mi novela… El susodicho ni se molestó en cambiar el título de su relato.

El concurso se había celebrado a finales de 2019. Mira qué casualidad: un hecho histórico que llevaba cerca de noventa años sin hablarse y cuando mando mi novela a las editoriales y en estas pasa por diversas manos incluidas las de sus lectores… En ese mismo año (meses después de mandarla) a alguien se le «ocurre» la misma idea (aunque mi novela trata de muchos más temas) y el mismo título. Siendo yo la primera que había traducido el nombre del campo de concentración como título.

Mi mosca cojonera estaba en confinamiento obligado porque había tenido contacto indirecto con un contagiado. Si no fuera porque se le ocurrió mirar el título de mi novela en internet… ni me hubiese enterado.

Así que primero tenía que averiguar si aquel hombre había hecho plagio. Porque, aunque a ese campo de concentración acudieron muchas mujeres, ya la manera de narrar la historia es cosa diferente. Y segundo: tenía que evitar que publicara dicho relato con un título que yo tiempo atrás ya había registrado como marca. Gracias a ese título me enteré de lo que estaba pasando. Para hacer todo lo anterior, tendría que poner una demanda.

Una balanza y un mazo de juez sobre una pila de billetes. Algo que refleja las aventuras de Ana Daitán
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Antes de registrar el título, yo ya había investigado si había sido utilizado o no y si estaba registrado como marca o no. Es obligación de todo escritor. Como no había sido utilizado y estaba libre: lo registré.

Misma investigación que tenía que haber hecho aquel escritor: no puedes poner como título de tu novela uno que ya esté registrado como marca por otro. Te juegas todo. Primero, una demanda. Y, segundo, que Amazon te cierre tu cuenta por utilizar un título que está a nombre de otra persona. No es cuestión para tomárselo a broma. Así que autores noveles y no tan noveles: tened esto muy en cuenta.

Si mis queridos americanos registran sus títulos es más bien para curarse en salud.

Si bien no recibiría indemnización, porque no pensaba llegar tan lejos como para pedir costas, mi objetivo sería que no publicase con mi título (si aquel hombre había hecho plagio o no ya se vería). Ahora me tocaba localizar a un abogado competente en Patentes y Marcas (lo cual era bastante difícil). Y pedir un préstamo para gastos de abogado, diseñador gráfico, página web y demás… Como para el banco era un riesgo debido a mi situación de salud, el préstamo fue pequeñín.

Poema de Ana Daitán
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Aparte del susto, también estaba contenta: mi mosca cojonera aprovechó su confinamiento para terminar de leerse mi novela. Me hizo puntualizaciones muy útiles.

Además, gracias al mal cuerpo que se me quedó con aquel sujeto, ya sé definitivamente mi camino: ser escritora independiente. Ya no me fio de mandar mis manuscritos a editoriales y a agentes. A los hechos me remito. Como dice el refrán que inventé: «El que evita situaciones, evita complicaciones».

Tú, mi estimado escritor novel, eres libre de hacer lo que quieras. Pero con mi caso ya has conocido una experiencia.

Si me has estado leyendo te habrás dado cuenta de que, tras una corrección inicial, envié mi novela a las editoriales casi recién sacada del horno. Y es lógico: el tiempo es oro. Si a las editoriales les gusta, ya habrá tiempo de corregirla cien millones de veces cuando te envíen las galeradas. Merece la pena gastar en corrección profesional cuando eres tú el que te vas a publicar.

Ya en el 2021, y a 22 de agosto (la fecha en la que escribo), estoy rezando para que el INSS no me jubile (la pensión de jubilación resultaría en 567 €). No tendría ni para comer, dado todos los gastos.

Señalar que he tenido que recurrir a médicos, fisioterapeutas y pruebas privadas porque si sigo esperando a que me llamen del «sistema de salud oficial» me muero de asco.

Ya he contratado a mi diseñador de portadas: un magnífico artista y ser humano. Y estoy esperando a que mi informático regrese de sus vacaciones para que me construya la web. La búsqueda de buenos profesionales también fue una odisea…

También estoy esperando a ver lo que pasa con el tema del abogado y el «usurpador» temporal de mi título.

Y aprendiendo a hacer los audiolibros de mis novelas con mi propia voz.

Al mismo tiempo que estoy empezando a traducir los dos volúmenes de «El Puente de los Cuervos» al inglés. A ver si hay suerte y puedo sacar la novela en español e inglés a finales de año.

Ya estoy haciendo una lista de reseñistas españoles y extranjeros para el Book Tour Internacional de «El Puente de los Cuervos», en ambas versiones: español e inglés.

Estoy traduciendo mi novela yo solita. Utilizando los mismos programas informáticos que utilizan los traductores profesionales para ayudarles. A los que luego se suma mi traducción humana. Porque recuerda, mi escritor novel: ningún programa informático puede suplir a la traducción humana.

También estoy aprendiendo cómo poner los enlaces para que el lector disfrute de la banda sonora de mi novela.

Y, gracias a las orientaciones de mis escritores americanos, utilizando además los programas informáticos que ellos utilizan para pulir sus obras en inglés: el «ProWriting Aid» y «Hemingway Editor». Es una inversión a futuro: el que algo quiere, algo le cuesta.

No tengo dinero para traductores profesionales. Pero sí tengo, aunque no sea Licenciada en Filología Inglesa: competencia, voluntad, formación y buenos recursos. Como decía mi padre: «De los cobardes nunca se ha dicho nada en esta vida». Y deseo que mis historias puedan ser disfrutadas por todo el mundo.

Pantalla de ordenador con mi libro en inglés y la reproducción de Queen como su banda sonora
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Cuando termine de maquetar la prueba inicial, repasaré de nuevo mi novela en español: esta vez imprimiéndola con diferente tipo de letra. Y corrigiéndola empezando por el final y terminando por el principio. ¿Por qué? Porque el cerebro ya está acostumbrado a tu novela y así lo verá como algo nuevo. Facilita la corrección.

También estoy aprendiendo a ver cómo puñetas se utiliza el Adobe After Effects para hacer yo misma los booktrailers de mis novelas.

Así como me he comprado libros para aprender portugués en un futuro y traducir mis novelas yo solita a dicho idioma. ¿Por qué? ¡¡Porque amo a los portugueses!! Desde que vi que hacían campañas oficiales a favor de los hombres maltratados se convirtió en mi pueblo más amado. Y todo ello mientras me vuelvo una luchadora social en Instagram e intento no atropellar a nadie con la velocidad de mi andador.

¡Alea iacta est! ¡La suerte está echada!

Así que te dejo con el vídeo que mi amiga la periodista me grabó anunciando «El Puente de los Cuervos». ¡Disfrútalo!

¡No te pierdas en el próximo post la NOVENA PARTE!

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